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El dato que surge desde las carnicerías de Rosario es contundente y funciona como un verdadero termómetro de la economía familiar: el consumo de carne vacuna cayó alrededor de un 35% a 40% en la ciudad. Juan Ramos, referente de la Asociación de Carniceros, explicó que la caída está directamente vinculada con la pérdida de poder adquisitivo y con la dificultad de las familias para sostener el nivel de consumo que tenían anteriormente.

“Es el tema de lo que le vale, la diferencia es importante, 40% más o menos, entre 35%, 40%, depende del momento del mes”, señaló Ramos. Según explicó, existe una pequeña recuperación cuando los trabajadores cobran sus salarios, pero después el consumo vuelve a caer. La carne vacuna dejó de ser un producto cotidiano para muchas familias y pasó a convertirse en una compra que requiere planificación.

El cambio más evidente se observa en la sustitución de la carne vacuna por pollo y cerdo. Los consumidores buscan proteínas más económicas y adaptan sus comidas al dinero disponible. “El tema del cerdo y el pollo se está viendo más en el consumo ahora y la carne vacuna menos”, explicó el representante de los carniceros. La diferencia de precios termina determinando qué llega finalmente a la mesa.

Este fenómeno no es exclusivo de Rosario y se viene observando en el mercado argentino. Informes recientes muestran una caída significativa del consumo de carne vacuna, mientras los consumidores buscan alternativas frente a los aumentos de precios. En Rosario, la brecha entre los valores de la carne vacuna y otras opciones terminó acelerando el cambio de hábitos.

Pero hay otro dato que preocupa especialmente a los comerciantes: cada vez se utiliza más la tarjeta de crédito para comprar carne y, en muchos casos, para realizar compras de montos muy bajos. Ramos advirtió que se observan operaciones de apenas unos pocos miles de pesos. “La gente usa mucho la tarjeta de crédito para montos chicos”, explicó, y consideró que eso representa “la última alternativa que tenemos”.

La utilización del crédito para comprar alimentos muestra que el problema no pasa solamente por cuánto cuesta un kilo de carne, sino por cuánto dinero disponible queda después de pagar alquiler, servicios, transporte y otros gastos básicos. El bolsillo termina ordenando las prioridades y la carne vacuna, que durante décadas ocupó un lugar central en la alimentación argentina, queda desplazada cuando el presupuesto familiar no alcanza.

El resultado se ve directamente en las carnicerías: menos cortes vacunos, más pollo y cerdo y consumidores que buscan ofertas, comparan precios y modifican las cantidades que compran. El cambio de hábitos ya no parece una respuesta pasajera, sino una adaptación a una realidad económica que se mantiene en el tiempo. También los carniceros deben trabajar con márgenes cada vez más ajustados para evitar trasladar completamente los aumentos al consumidor.

Así, el mostrador de una carnicería rosarina se transforma en un indicador cotidiano de la situación económica. Cuando la gente compra menos carne vacuna, reemplaza cortes por opciones más baratas y comienza a financiar incluso pequeñas compras con tarjeta, hay una señal clara sobre el poder adquisitivo. La frase de Ramos resume el escenario: “El bolsillo es el que manda y el que habla”. Y hoy, en Rosario, ese bolsillo está hablando fuerte: la carne vacuna perdió espacio en la mesa y el consumidor busca cómo sostener la comida familiar gastando cada vez menos.

Autor: admin