Escuchar artículo

El horror en San Cristóbal no empezó con los disparos en la escuela Moreno. Para Pamela Narduli, el "pasaje al acto" del adolescente de 15 años es el capítulo final de una serie de alertas desoídas. 

Su nieta, Delfina, fue atacada el pasado 1 de enero por una patota que intentó degollarla con un perfilador. Lo más escalofriante: los agresores eran compañeros de curso del tirador que ayer mató a un niño de 13 años.

“Se sacan fotos todos llenos de sangre, en distintas poses, como si fuera un triunfo”, relató Pamela .  

Según su testimonio, los jóvenes de la ciudad viralizan videos de sus ataques en redes sociales, celebrando la violencia como un rito de pertenencia. 

“Mi nieta se tuvo que ir del pueblo por las amenazas, mientras los agresores caminan por la calle y tienen una vida normal”, denunció con dolor.

Advertencias ignoradas y complicidad institucional

Pamela fue tajante al señalar la inacción del colegio. Aseguró que la principal agresora de su nieta ya había atacado a otra alumna en la vereda de la escuela a mediados del año pasado, pero las autoridades no intervinieron alegando que el hecho ocurrió "fuera del establecimiento".  

"La vereda y la esquina son el colegio, algo tenés que hacer", sentenció la abuela, subrayando que víctimas y victimarios compartían el mismo aula con el joven que ayer desató la tragedia.

El flagelo de la droga: "Hay más puntos de venta que kioscos"

El trasfondo de esta violencia, según Narduli, está cimentado en el avance del narcotráfico en un pueblo de apenas 15.000 habitantes. 

“Todo el mundo sabe quién vende, pero nadie hace nada. Hay una proporción de un transa por manzana”, afirmó Pamela, quien vive el drama en carne propia: tiene dos hijos con consumo problemático y actualmente cría a su bisnieta de cuatro meses.

El panorama en San Cristóbal es crítico. Con un sistema de salud mental desbordado —"hay un solo psiquiatra para 12 horas en el hospital", reclamó—, la agresividad crece sin contención.

Autor: admin